Historia del dinero: desde las monedas hasta la tarjeta de crédito

Historia del dinero: desde las monedas hasta la tarjeta de crédito

compro oro

Madrid, 6 Noviembre 2011 (Neil MacGregor, Director del Museo Británico)

Extracto para Bloomberg News del libro de Neil MacGregor “A History of the World in 100 Objects” recientemente publicado por la editorial Penguin.

Tanto nos hemos habituado a usar piezas redondas de metal para comprar cosas, que solemos olvidar que las monedas llegaron tarde en la historia. Durante más de 2.000 años, los estados tuvieron economías complejas y redes de comercio sin contar con una sola moneda.

Los egipcios, por ejemplo, utilizaban un sofisticado sistema que medía el valor contra pesos estándar de oro y cobre. Sin embargo, a medida que empezaron a surgir nuevos estados y formas de organización del comercio hace unos 3.000 años, las monedas empezaron a aparecer.

El papel moneda no hizo su ingreso hasta pasados otros dos milenios, y las tarjetas de crédito no llegaron hasta el siglo XX.

Los siguientes son cuatro hitos de la historia del dinero: “Rico como Creso”, suele decirse. Creso era el regente de Lidia, en lo que es ahora el oeste de Turquía, y las monedas de oro que lo hicieron tan rico fueron acuñadas alrededor del año 550 A.C.

Tenían diversos tamaños, desde aproximadamente las dimensiones de una moneda de 1 centavo de dólar hasta algo no mayor que una lenteja.

En una coincidencia fascinante, casi al mismo tiempo los chinos empezaron a usar piezas de metal uniformes con una función similar a la de las monedas, si bien las primeras versiones chinas eran miniaturas de espadas y cuchillos.

La necesidad de dinero surge cuando se sale del trato con amigos y vecinos (en los que en general se confía en que devolverán el trabajo o producto), y se comienza a tratar con desconocidos a los que puede no volver a verse.

Antes de las primeras monedas lidias, la mayor parte de los pagos se hacía en trozos de oro o plata. Su forma no importaba. Sólo contaban su peso y grado de pureza. Pero era un sistema lento, dado que comprobar la pureza del metal alargaba las transacciones.

El estado lidio resolvió el problema al acuñar monedas de plata y oro puros de un peso constante, que tendrían un valor por completo confiable.

El sello utilizado para indicar el peso de las monedas de Creso era un león, y a medida que disminuían el tamaño y valor de la moneda, se usaban partes cada vez menores del león.

Las monedas más chicas tenían una zarpa. Como la gente podía confiar en las monedas de Creso, se las utilizaba mucho allá de las fronteras de Lidia, lo cual le proporcionó al rey un nuevo tipo de influencia: poder financiero.

El sistema bancario moderno de billetes y crédito se basa en un simple acto de fe que ocurrió en China hace siete siglos. Alguien imprimió un valor en un papel y pidió a todos los demás que aceptaran que el papel valía en realidad lo que decía.

Uno de esos primeros billetes, que los chinos llamaron “feiqian” –o “dinero volador”– perteneció a la época de la dinastía Ming, alrededor de 1400.

Hasta ese momento, la mayor parte del mundo intercambiaba monedas de oro, plata y cobre cuyo valor podía determinarse por el peso.

Pero los chinos comprendieron que el papel moneda tenía evidentes ventajas: se lo puede transportar con facilidad y tiene las dimensiones suficientes para contener palabras e imágenes que anuncian no sólo su valor, sino también la autoridad del gobierno que lo respalda. El billete está hecho de corteza de mora.

El billete Ming también contiene la promesa estatal de recompensar a todo el que denuncie una falsificación, así como una aterradora amenaza para todo posible falsificador: “Falsificar significa la muerte. El informante recibirá 250 taeles de plata y todas las propiedades del criminal”.

Una amenaza mucho mayor que la falsificación era que la nueva moneda pudiera no mantener su valor. Por eso los Ming se aseguraron de que el papel tuviera igual valor que una cantidad específica de monedas de cobre. Sin embargo, el intercambio de papel por cobre –y de cobre por papel– nunca fue fluido.

Por otra parte, al igual que tantos gobiernos desde entonces, los Ming no pudieron resistir la tentación de emitir más. El valor de su dinero se derrumbó.

Por último, aproximadamente en 1425, el gobierno chino renunció a la lucha y suspendió el uso de su papel moneda. Pero el recuerdo persiste en un jardín de Londres. En los años 20, en homenaje a aquellos billetes Ming, el Banco de Inglaterra plantó un grupo de moreras.

De todas las monedas legendarias que ha conocido el mundo –ducados y florines; groats, guineas y soberanos–, la más famosa debe ser el real de a ocho. Y no es sólo gracias al loro de La isla del tesoro.

El real de a ocho fue también el primer dinero verdaderamente global.

En cuestión de 25 años luego de que se lo acuñó por primera vez en la década de 1570, el “peso de ocho reales” se extendió por Asia, Europa, África y las Américas, y estableció una supremacía mundial que se mantendría hasta bien entrado el siglo XIX.

Para los criterios modernos, la pieza de ocho es una moneda grande. Mide alrededor de 4 centímetros y pesa más o menos lo mismo que cuatro monedas de 1 dólar. Cuando era nuevo tenía un brillo deslumbrante. En 1600, este real de ocho probablemente habría pagado, en términos modernos, algo así como US$80 de productos en casi cualquier lugar del mundo.

Las monedas se hacían con la plata que los conquistadores hallaron en Potosí.

La Plata

Fue la plata americana lo que convirtió a los reyes españoles en los más poderosos de Europa y pagó sus ejércitos y armadas. La plata americana permitió a la monarquía española combatir a franceses y holandeses, ingleses y turcos. El flujo de plata proporcionó un fuerte crédito durante las crisis y bancarrotas más graves: se asumía que al año siguiente habría siempre una nueva flota de tesoros, e invariablemente la había.

La producción de esa riqueza tuvo un enorme costo en vidas humanas. Se obligó a los hombres jóvenes originarios de América a trabajar en las minas, donde las condiciones eran mortíferas.

La casa de la moneda de Potosí fabricaba las piezas de ocho de plata, que luego se cargaban en llamas y se enviaban al otro lado de los Andes, hasta Lima.

Ahí los barcos españoles trasladaban la plata a Panamá, desde donde salían para Europa. Pero España tenía, además, un imperio asiático con centro en Filipinas, y pronto las piezas de ocho comenzaron también a atravesar el Pacífico en grandes cantidades.

Desde su aparición, las tarjetas de crédito se han transformado en parte integrante de la vida moderna y hacen que, por primera vez en la historia, el crédito bancario esté al alcance de gente común.

La tarjeta de crédito moderna es una creación estadounidense ideada en el auge del crédito que siguió a la Segunda Guerra Mundial. La primera fue la tarjeta Diners Club, de 1950.

En 1958 apareció la BankAmericard, antepasado de Visa y la primera tarjeta de crédito universal que emitió un banco y se aceptó en gran cantidad de comercios. Pero fue en la década de 1990 cuando las tarjetas de crédito se hicieron verdaderamente globales.

Por supuesto, una tarjeta de crédito no es en sí misma dinero, sino una forma de gastarlo mediante su traslado y su promesa. Con las tarjetas de crédito y de débito, el dinero ha perdido su materialidad. Puede convocárselo virtualmente en cualquier lugar del mundo de forma instantánea.

Por otra parte, mientras monedas y billetes llevan la marca de reyes y países, una tarjeta no reconoce gobierno ni nación, ni más límite a su alcance que una fecha de vencimiento.

Las tarjetas de crédito nos permiten endeudarnos sin recurrir a tradicionales instancias como las casas de empeño y los usureros. El crédito fácil, a su vez, socava valores tradicionales como la austeridad porque nos libera de tener que ahorrar antes de gastar.

Extracto para Bloomberg News del libro de Neil MacGregor

“A History of the World in 100 Objects”

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